El Parque Nacional de Doñana no es una sierra. Es 54.252 hectáreas de marisma, dunas móviles y monte mediterráneo donde el delta del Guadalquivir se deshace en un laberinto de caños y lagunas que constituyen el humedal más importante de Europa. El sendero de La Rocina —3,7 kilómetros medidos sobre el GPX oficial del IGN desde el centro de visitantes— es la manera más directa y libre (sin guía, sin reserva, sin coste) de adentrarse en ese mundo. El destino técnico es el Charco de la Boca, una charca de observación con plataformas elevadas donde en invierno pueden verse hasta 640.000 aves acuáticas a la vez. Pero la ruta es también uno de los escasos lugares del mundo donde cabe la posibilidad real de avistar un lince ibérico caminando sin escolta.
Doñana fue reconocido como espacio a proteger mucho antes de que existiera la palabra "sostenibilidad". En 1963, biólogos como José Antonio Valverde y el ornitólogo sir Peter Scott convencieron al gobierno español y a la entonces incipiente WWF de comprar conjuntamente parte del coto de caza ducal para establecer la primera reserva de la fundación en España. La Estación Biológica de Doñana se fundó en 1964 como instituto del CSIC —un laboratorio de campo que lleva seis décadas midiendo, contando y publicando sobre el ecosistema. El Parque Nacional se declaró formalmente en 1969 y las ampliaciones posteriores (Ley 5/1999) le dieron su extensión actual de 54.252 hectáreas. En 1994, la UNESCO lo inscribió en la Lista del Patrimonio Mundial —antes, en 1980, ya había sido Reserva de la Biosfera y en 1982 había entrado en la Lista Ramsar de humedales de importancia internacional.
La marisma que rodea el sendero de La Rocina es la razón de todos esos títulos. En invierno y primavera llegan aves acuáticas desde el Ártico, el norte de Europa y el continente africano. La posición de Doñana —en el extremo sur de la Península Ibérica, a treinta kilómetros del Estrecho de Gibraltar por donde pasan los grandes corredores migratorios del Paleártico occidental— la convierte en una parada obligatoria para millones de individuos. El récord documentado de la Estación Biológica asciende a 642.964 aves acuáticas contadas en un solo censo de invierno. Flamencos rosados (Phoenicopterus roseus), espátulas (Platalea leucorodia), cigüeñuelas, avocetas, ánsares comunes, patos de numerosas especies. El observatorio del Charco de la Boca está diseñado específicamente para estos conteos: plataformas elevadas de madera con ranuras de observación, orientadas de modo que el sol quede siempre a la espalda del observador en las horas de mejor luz.
Pero la fauna emblemática de Doñana no es solo ornitológica. Aquí vive la última población viable de lince ibérico (Lynx pardinus) del mundo junto a Sierra de Andújar y algunos núcleos reintroducidos en Extremadura y Portugal. Es el felino más amenazado del planeta: en 2002 la población total se estimaba en menos de 100 individuos; el programa de cría en cautividad y reintroducción del CSIC y la Junta de Andalucía ha logrado recuperarla hasta más de 1.100 individuos en 2023, pero Doñana sigue siendo el corazón histórico y genético de la especie. Verlo es cuestión de suerte y silencio: el lince caza al amanecer y al atardecer, prefiere los ecotonos entre matorral y marisma, y sale menos en pleno verano. También habita Doñana el águila imperial ibérica (Aquila adalberti), otra especie endémica de la Península que en los años setenta quedó reducida a unas pocas docenas de parejas y que hoy, gracias en buena medida a la protección del parque, supera los 500 individuos. Avistar a un adulto con el blanco de las escápulas brillando sobre el pinar es uno de los espectáculos del birdwatching europeo.
El sendero de La Rocina discurre por los tres ecosistemas que forman el corazón del parque en las proximidades de El Rocío. Arranca por una galería riparia de álamo blanco (Populus alba), aliso (Alnus glutinosa) y zarza (Rubus ulmifolius) que bordea el arroyo de La Rocina —el caño que alimenta las charcas del entorno. Más adelante abre hacia una franja de monte mediterráneo con lentisco (Pistacia lentiscus), mirto (Myrtus communis) y enebros (Juniperus phoenicea) sobre suelos de arena estabilizada. Y termina junto al Charco de la Boca, una lámina de agua somera rodeada de carrizal (Phragmites australis) y castañuela (Scirpus maritimus) que reproduce a pequeña escala el funcionamiento de la marisma grande. Es una ruta corta en kilómetros pero densa en observación: no hay que moverse rápido, sino detenerse mucho.