La Ruta de las Icnitas de Enciso es, probablemente, el paseo con más millones de años por kilómetro de toda España. En el valle del Cidacos, en la Rioja Baja, el barro de un lago somero del Cretácico Inferior se petrificó hace unos 120 millones de años con las pisadas de los dinosaurios todavía marcadas, y hoy esas huellas —icnitas, en el lenguaje de los paleontólogos— afloran a centenares en las laderas del pueblo de Enciso. Solo en este término municipal hay catalogadas unas 1.400 huellas, y en todo el municipio se superan las 3.000: es uno de los mayores conjuntos del mundo. Este recorrido circular de 8,8 kilómetros enlaza a pie, desde el Centro Paleontológico, los tres grandes yacimientos del valle —Valdecevillo, la Virgen del Campo y La Senoba—, jalonados de réplicas de dinosaurios a tamaño natural. Es una caminata fácil, de medio día y poco desnivel, pero que se recorre despacio: cada parada es una clase de geología al aire libre.
El plato fuerte es Valdecevillo, el yacimiento más completo y más célebre. En un mismo estrato de limolita conviven los tres grandes tipos de pisada que dejaron los dinosaurios riojanos: la del terópodo carnívoro (de tres dedos, afilada, con un rastro cuyas huellas miden hasta 41 centímetros), la del iguanodóntido herbívoro bípedo y la del enorme saurópodo cuadrúpedo. Tiene un valor histórico añadido: fue vallado y acondicionado en 1976 por la sección de paleontología de la antigua Iberduero, lo que lo convirtió en el segundo yacimiento paleontológico protegido de España y en el primer yacimiento de icnitas protegido de Europa. Junto a las huellas se levantan réplicas a tamaño real, entre ellas un braquiosaurio de 23 metros, un tarbosaurio y una familia de iguanodontes que ayudan a imaginar quién dejó cada marca.
El segundo gran yacimiento, la Virgen del Campo, guarda algo extraordinario. Además de unas quinientas icnitas, conserva marcas de arrastre de cola, impresiones de piel e incluso una serie de rasguños que se interpretan como las huellas de un dinosaurio nadando y empujándose contra el fondo, junto a rastros de cocodrilo. Es uno de esos lugares donde la roca cuenta una escena entera, no solo un paso. Más al sur, ya en el ramal hacia La Senoba, un tercer yacimiento de unas 130 huellas se ha convertido en un área recreativa temática. Entre uno y otro, el sendero baja al fondo del valle, cruza el río Cidacos por una pasarela junto a la ermita de la Virgen del Campo y obliga a pasar por el casco de Enciso, porque —seamos honestos— no hay un sendero continuo que una directamente el este y el oeste del valle.
Conviene saber a qué se va. Esto no es una cumbre ni una travesía de montaña: es una ruta interpretativa por el fondo de un valle, pensada para mirar el suelo más que el horizonte. Los yacimientos son de acceso libre y gratuito, al aire libre, y están protegidos con vallas y cubiertas; las huellas no se pueden pisar ni tocar porque son patrimonio paleontológico declarado Bien de Interés Cultural. El Centro Paleontológico de Enciso —instalado, con cierta ironía, en una antigua fábrica de calzado, porque este rincón vivió del zapato antes que del dinosaurio— abre de miércoles a domingo y vale la pena para entender lo que luego se ve en el campo. Por lo demás, el valle es caluroso en verano y hay poca sombra en las paradas: la mejor época es la primavera y el otoño, y la mejor hora, la primera de la mañana.