Las Pasarelas del río Vero son una de las excursiones más populares y fotografiadas de la Sierra de Guara: un bucle de poco más de tres kilómetros que baja desde el casco medieval de Alquézar hasta el fondo de un cañón estrecho y se asoma al agua por una sucesión de pasarelas metálicas voladas, ancladas en la pared y suspendidas varios metros sobre el río. El recorrido empieza frente al Ayuntamiento, en la villa colgada sobre el barranco, desciende por el Barranco de la Fuente —un paso húmedo de escaleras y escalones tallados— y, una vez abajo, enlaza las pasarelas que conducen al azud y a la antigua central hidroeléctrica, antes de remontar al pueblo por el viejo camino de Asque cruzando el puente medieval de Fuendebaños. No es una cumbre ni una travesía de montaña: son apenas 169 metros de desnivel, pero el cañón, el agua turquesa y los pasos aéreos la convierten en una jornada redonda en familia. Eso sí, es una ruta de pago y regulada: hay que sacar el ticket, que incluye el seguro.
El río Vero ha excavado durante milenios un cañón calcáreo en el borde meridional de la Sierra de Guara, ese gran macizo prepirenaico de Huesca que es la capital española del barranquismo. Alquézar se asoma al desfiladero desde lo alto, con su Colegiata de Santa María coronando un peñón, y las pasarelas permiten ver ese mismo cañón desde dentro, a ras del agua. Todo el entorno está doblemente protegido: pertenece al Parque Natural de la Sierra y Cañones de Guara —zona ZEPA por sus colonias de buitre leonado y otras rapaces rupícolas— y al Parque Cultural del Río Vero, declarado por el arte rupestre prehistórico de sus abrigos, que figura en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. No salirse de las pasarelas ni del sendero balizado no es solo una cuestión de seguridad: es respetar un espacio frágil.
El gran atractivo son las pasarelas propiamente dichas. Tras el descenso inicial por el Barranco de la Fuente —la parte más exigente, con muchos escalones a veces húmedos y resbaladizos—, el sendero alcanza la orilla del Vero junto a la Cueva de Picamartillo, un gran abrigo kárstico con playa de cantos rodados. A partir de ahí el itinerario progresa por el fondo del cañón en una sucesión de tramos metálicos volados sobre el agua: la primera pasarela cruza el río a buena altura hacia el azud, una presa antigua que remansa una poza turquesa; le siguen pasarelas menores, un breve túnel bajo un peñón y el tramo que lleva a la antigua central hidroeléctrica de Alquézar. En la variante larga, una pasarela más alta y un puentecillo colgante conducen al Mirador del Vero, con la villa medieval recortada sobre el cañón.
Conviene tener claro que esta no es la única «ruta de las pasarelas» de la zona y que el itinerario tiene sus reglas. La variante larga que describimos cierra un bucle de unos 3,1 kilómetros de sentido único —no se vuelve por donde se ha venido—; existe una variante corta de unos 2,2 km que evita la última y más alta pasarela, y no debe confundirse con la travesía «Alquézar-Asque completa» (vinculada al GR 1.1), mucho más larga. El acceso está regulado y es de pago: se compra un ticket que cubre el seguro, con cupo limitado, horario de apertura y posibles restricciones por calor en verano. El regreso es un ascenso continuo que cansa a los más pequeños, así que conviene reservar agua y algo de tiempo para la última cuesta de vuelta al pueblo.