Hay pocas postales tan rotundas en el Prepirineo como la de Riglos: un caserío de piedra agazapado literalmente al pie de unas agujas de conglomerado rojizo que se levantan casi 300 metros en vertical sobre los tejados. La Vuelta a los Mallos, conocida también como el Camino del Cielo, es el itinerario senderista que mejor explica este lugar: un bucle de algo más de 5 kilómetros que arranca junto al lavadero del pueblo, sube fuerte por «el Escalete» hasta asomarse a los miradores del Reino de los Mallos —con el río Gállego serpenteando turquesa allá abajo— y regresa largo y tendido por el pie mismo de las paredes, donde anida una de las mayores colonias de buitre leonado de Aragón. No corona ninguna cima —las cumbres de los mallos son terreno de escaladores—, pero su techo, el Mirador de Espinalba a 1.038 metros, regala una de las panorámicas más celebradas de la cordillera. Es, además, una de esas rarezas: una ruta de montaña a la que se puede llegar en tren.
Los mallos no son una montaña al uso, sino aluviones del propio Pirineo vueltos piedra. Durante el Eoceno y el Mioceno —hace entre veintitrés y cinco millones de años—, los ríos arrancaron cantos rodados de la cordillera recién levantada, los arrastraron hasta esta depresión y los cementaron con caliza hasta formar un conglomerado compacto. La erosión posterior desmanteló lo blando y dejó en pie estas torres: el Pisón, el de mayor volumen, con su pared casi vertical sobre el pueblo; el Firé, la aguja más occidental y próxima al río; y un cortejo de mallos menores con nombre propio. Caminar a su pie es, en sentido literal, pisar el Pirineo erosionado y vuelto a erguir. El conjunto está protegido como Monumento Natural desde el Decreto 174/2016, de 22 de noviembre, que ampara 188 hectáreas repartidas entre Riglos, Agüero y Peña Rueba.
Riglos es catedral mundial de la escalada de conglomerado: desde los años treinta se han abierto aquí más de trescientas vías, y el Mallo Visera presume del mayor desplome (extraplomo) de toda España. El senderista no toca esa roca, pero la disfruta de cerca y desde abajo: el Camino del Cielo permite rodear el frente de agujas, verlas desde todos los ángulos y entender por qué este rincón atrae a trepadores de medio mundo. La ruta cruza en varios puntos el PR-HU 98 homologado —un circuito mucho más largo, de casi quince kilómetros, que sube hasta el Collado Firé y los miradores sobre los Mallos de Agüero—, pero no es ese: el bucle corto está balizado aparte, con dos líneas azules pintadas en la roca. Conviene llevar el track descargado para no acabar, por descuido, en el recorrido grande.
El otro gran protagonista vuela. Bajo estos cortados anida una de las colonias de buitre leonado más densas de Aragón —del orden de setenta parejas en el conjunto del Monumento Natural—, que comparten pared con el alimoche, el halcón peregrino, el escurridizo treparriscos y, con suerte, el quebrantahuesos. El Mirador de los Buitres existe precisamente por ellos: desde allí se los ve girar a la altura de los ojos, aprovechando las térmicas que rebotan en la roca. Por eso en las zonas de reserva la escalada se restringe en época de cría; el senderismo por el sendero balizado, en cambio, es plenamente compatible y no requiere autorización. Eso sí, el único peligro serio de la ruta llega de arriba: la caída de piedras al pie de las paredes, «más frecuente de lo que parece», como avisa la propia ficha de Montaña Segura.