Qué es y cómo identificarla
La nutria paleártica (Lutra lutra) es el carnívoro más acuático de nuestra fauna: un mustélido emparentado con el tejón, la garduña y la comadreja, pero con un cuerpo rediseñado por la evolución para la vida en el agua. Tiene un cuerpo alargado e hidrodinámico, patas cortas con membrana interdigital entre los dedos, y una cola larga, gruesa en la base y afilada hacia la punta que actúa de timón al nadar. Los machos pesan entre seis y algo más de nueve kilos (hasta 9,4 kg) y rara vez se acercan a los diez, mientras que las hembras son notablemente más pequeñas, entre 4,4 y 6,5 kilos. El pelaje es pardo oscuro por el dorso, más claro y grisáceo en el vientre, con una garganta blanquecina característica.
El rasgo más revelador para identificarla en el agua es la disposición de los sentidos: ojos, orejas y orificios nasales están colocados en lo alto de la cabeza, en una misma línea, de modo que la nutria puede nadar prácticamente sumergida y seguir viendo, oyendo y respirando. Cuando asoma, lo único que se ve sobre la superficie es ese «periscopio» y la estela de la cola. No conviene confundirla con el visón americano (mucho menor, invasor en buena parte de España) ni con el desmán ibérico, un insectívoro diminuto con trompa móvil que comparte sus mismos ríos de montaña.
El arte de rastrearla: huellas y «fresas»
La nutria es esquiva, crepuscular y nocturna, así que la mayoría de senderistas nunca llegan a verla. Lo que sí se aprende a leer son sus rastros, mucho más frecuentes de lo que parece. Hay dos indicios que delatan su presencia sin lugar a dudas:
- Las huellas. Imprime una pisada de cinco dedos (a menudo solo se marcan cuatro) con la membrana interdigital visible en barro blando o arena fina junto al agua. Es una huella ancha y redondeada, distinta de la de cualquier cánido.
- Los excrementos o «fresas» (en inglés, spraints). Son su marca territorial más útil para el rastreador. La nutria los deposita en lugares conspicuos y elevados —piedras grandes en mitad del cauce, troncos caídos, bajo los puentes, en la confluencia de arroyos—, justo donde más se notan. Son menos consistentes que los de otros carnívoros, contienen restos de escamas y espinas de pez bien visibles y, sobre todo, desprenden un olor dulzón inconfundible, casi a aceite o a heno, que nada tiene que ver con el hedor de otras deyecciones. A esas marcas se las llama «fresas» en la jerga naturalista española.
Precisamente porque las fresas son tan localizables, los biólogos basan en ellas el censo oficial de la especie: el Sondeo Nacional de Nutria que coordina la SECEM consiste en recorrer al menos 600 metros de orilla en cuadrículas repartidas por todo el país buscando excrementos, gelatinas, huellas y rastros. No hace falta ver al animal: basta con encontrar su firma.
Hábitat, distribución y dieta
La nutria vive ligada al agua dulce y, en menor medida, al litoral: ríos, arroyos, lagunas, embalses, marismas y tramos de costa. Necesita dos cosas para instalarse: presas suficientes y orillas bien conservadas, con vegetación de ribera densa, raíces, oquedades y juncales donde refugiarse y criar. Un solo ejemplar puede patrullar varios kilómetros de cauce, marcándolos con sus fresas.
Su alimentación es marcadamente piscívora: el pescado es la base de su dieta, completada de forma oportunista con cangrejos, anfibios, pequeños mamíferos, reptiles e insectos acuáticos según lo que abunde en cada tramo y época del año. Esa flexibilidad le ha permitido colonizar ambientes muy diversos.
En España está hoy presente en prácticamente todas las cuencas hidrográficas peninsulares. Las mayores densidades se dan en la mitad occidental y la cornisa cantábrica —Galicia, Asturias, Cantabria y Extremadura concentran sus mejores poblaciones—, y la presencia es algo más continua en la vertiente atlántica y cantábrica que en la mediterránea, donde la recolonización ha sido posterior pero también firme. Falta de forma natural en los archipiélagos.
Bioindicador: por qué su presencia es buena noticia
Aquí está la clave que convierte a la nutria en mucho más que un animal carismático. Al situarse en lo alto de la cadena trófica del río y depender de poblaciones sanas de peces y anfibios, la nutria solo prospera donde el agua está limpia y la ribera intacta. Es, por eso, un bioindicador de la calidad del ecosistema fluvial de primer orden: si hay nutria estable en un río, ese río funciona. Su desaparición, en cambio, fue durante décadas el síntoma silencioso de cauces contaminados, encauzados y empobrecidos. Encontrar fresas frescas bajo un puente de montaña dice, en una sola pista, que aquel tramo goza de buena salud.
De casi desaparecer a regresar: conservación y estatus legal
A lo largo del siglo XX la nutria sufrió un declive severo en buena parte de Europa y de España. Se sumaron varias causas: la contaminación de los ríos (vertidos industriales, pesticidas organoclorados), la destrucción y canalización de las riberas, la caza y persecución directa por su piel y por el conflicto con la pesca, y el descenso de sus presas. La especie quedó arrinconada en zonas aisladas.
El cambio llegó a partir de mediados de los años ochenta. La prohibición de los contaminantes más dañinos, la mejora general de la calidad del agua y la protección legal abrieron una lenta pero sostenida recuperación que los sucesivos sondeos nacionales —el primero en 1984-1985, con nuevas campañas aproximadamente cada década— han ido documentando hasta hoy. El resultado es uno de los grandes éxitos discretos de la conservación española: la nutria ha vuelto a colonizar cuencas enteras de las que había desaparecido.
En cuanto a su estatus, la nutria es una especie estrictamente protegida. En el marco europeo figura en los Anexos II y IV de la Directiva Hábitats (92/43/CEE), lo que obliga a designar zonas de conservación para ella y prohíbe su captura o muerte. En España está incluida en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESRPE), desarrollado por el Real Decreto 139/2011, y cuenta además con el amparo del Convenio de Berna. A escala mundial, la UICN la cataloga como «Casi Amenazada» (NT), un recordatorio de que la recuperación ibérica no debe darse por garantizada.
Dónde y cómo intentar detectarla
Verla a plena luz es cuestión de suerte y paciencia; detectar su rastro está al alcance de cualquier senderista atento. Algunas recomendaciones de campo:
- Busca al amanecer o al anochecer, las horas de mayor actividad, en tramos de río tranquilos con buena ribera. Lleva prismáticos y muévete en silencio.
- Revisa las piedras y troncos prominentes dentro y junto al cauce, y los bajos de los puentes: ahí dejará las fresas. El olor dulzón y las escamas de pez confirman la identificación.
- Zonas con buenas poblaciones: ríos y rías de Galicia, los cursos de la Cordillera Cantábrica y Asturias, las gargantas y embalses de Extremadura (Monfragüe y su entorno), y muchos tramos limpios del Sistema Central e Ibérico. En la práctica, casi cualquier río de aguas limpias del país es hábitat potencial.
- Observación responsable: no rebusques en madrigueras ni molestes en época de cría, mantén la distancia y nunca trates de alimentarla. Como ocurre con el rebeco o el urogallo cantábrico, lo mejor para la fauna es pasar inadvertido.