El Hayedo de Montejo es el único bosque de hayas de la Comunidad de Madrid y uno de los hayedos más meridionales y emblemáticos de Europa: un relicto de la vegetación caducifolia centroeuropea que sobrevive aquí, a un centenar de kilómetros de la capital, gracias a un microclima húmedo y a la riqueza del suelo en los valles del alto Jarama. En octubre y noviembre, cuando las hayas pasan del verde al ocre y al rojizo encendido, el bosque se convierte en una de las estampas otoñales más buscadas de España, y por algo se le ha ganado el apodo de «el bosque imposible»: para entrar hay que conseguir antes una plaza por sorteo. No es una ruta para autoguiarse —el acceso está estrictamente controlado, siempre con guía y con pase previo obligatorio—, sino una visita organizada y gratuita por un espacio frágil declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2017. De los tres recorridos posibles, la Senda del Río es el más representativo y accesible: poco más de dos kilómetros casi llanos que siguen el curso del Jarama por el fondo del valle, con el primer tramo practicable en silla de ruedas.
El hayedo es un superviviente. Cuando el clima de la Península se fue volviendo más seco y mediterráneo, las hayas —árboles de bosque húmedo y umbrío— se retiraron hacia el norte y la montaña, y aquí, en la Sierra de Ayllón, quedó este reducto de apenas un par de centenares de hectáreas que el común de los vecinos de Montejo de la Sierra ha cuidado durante siglos. Esa gestión comunal, tan importante como el propio arbolado, es uno de los valores que la UNESCO reconoció el 7 de julio de 2017 al incorporarlo a los «Hayedos primarios de los Cárpatos y otras regiones de Europa», un conjunto compartido con bosques de Eslovaquia, Alemania o Ucrania. Es, hoy por hoy, el único espacio natural de Madrid con ese sello. Y conviene una matización honesta: se le llama a menudo «el hayedo más meridional de Europa», pero ese título lo ostenta en realidad la Fageda del Retaule, en Tarragona; lo justo es decir que es uno de los más meridionales y, sin duda, de los más emblemáticos.
No es un monocultivo de hayas, y ahí está parte de su riqueza: entre los troncos grises y lisos conviven robles, abedules, avellanos, acebos, serbales y hasta algún pino silvestre, una mezcla que sostiene una biodiversidad notable. El bosque tiene además sus árboles con nombre propio: la Haya de la Roca, la más venerable, supera los doscientos cincuenta años y unos quince metros de altura, y el catálogo de ejemplares singulares incluye el Haya del Trono, el Haya del Ancla o las cinco Hayas del Chaparral. Por el sotobosque y los claros se mueven corzos, jabalíes, tejones, gatos monteses y, en el río, nutrias; en lo alto vuela el azor. Caminar entre las hayas, con la luz tamizada por las copas y el suelo cubierto de hojarasca, explica por qué tantos lo llaman «el bosque de las hadas».
El gran detalle que define la visita es la dificultad de conseguir plaza. El acceso es siempre guiado y gratuito, pero con un cupo férreo —en torno a una decena de visitas al día entre semana y unas sesenta y cinco los fines de semana— pensado para proteger un ecosistema muy frágil. La demanda, en cambio, es enorme, sobre todo en otoño. Importante, porque circula información desfasada: el sistema actual no es un «pinchar a las 9:30 y vuela en segundos», sino un sorteo. La solicitud se rellena por internet en sierradelrincon.org entre los días 1 y 5 y entre el 16 y el 20 de cada mes, y el sorteo aleatorio se celebra a las 9:30 de los días 6 y 21. Para la segunda quincena de noviembre, la más codiciada por el color, el plazo se abre de forma excepcional el 2 de noviembre. Queda además un pequeño cupo presencial por orden de llegada en el Centro de Información del pueblo. Suene como suene, el mensaje es claro: sin pase no se entra, y en otoño hay que tener suerte.