El PR-TF 10 baja desde el Centro de Visitantes de Cruz del Carmen (920 m) hasta el pueblo costero de Punta del Hidalgo (62 m) atravesando el corazón más antiguo de Tenerife: el Macizo de Anaga, formado hace entre 7 y 9 millones de años y declarado Reserva de la Biosfera UNESCO el 9 de junio de 2015. A lo largo de sus aproximadamente 11 kilómetros, el sendero cruza una laurisilva que sobrevivió a las glaciaciones pleistocénicas mientras desaparecía del resto del continente europeo, pasa por el pueblo troglodita de Chinamada —donde algunas familias viven aún en casas excavadas en la toba volcánica— y termina en la costa noreste de la isla frente al Roque de los Dos Hermanos.
El Parque Rural de Anaga abarca 14.418,7 hectáreas en el extremo noreste de Tenerife. Dentro de sus límites coexisten tres Reservas Naturales Integrales —El Pijaral, Ijuana y Roques de Anaga— con designación ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves), y alberga cerca de 2.500 personas distribuidas en 26 núcleos rurales, muchos de ellos accesibles únicamente a pie. Es uno de los territorios habitados con mayor concentración de biodiversidad endémica de toda la Macaronesia.
La laurisilva que cubre las laderas húmedas del Macizo de Anaga es un bosque relicto del Terciario, ancestral del que dominó el sur de Europa hace millones de años antes de que los ciclos glaciares lo extinguieran en el continente. Las especies arbóreas que el caminante encuentra a lo largo del PR-TF 10 son las mismas que describen los textos de botánica del siglo XVIII: el Laurus azorica o loro canario, árbol de 10 a 18 metros clasificado como Casi Amenazado en la Lista Roja de la UICN; la Persea indica o viñátigo, que puede superar los 30 metros de altura y cuyo fruto morado alimenta a las palomas endémicas; la Morella faya o faya, especie pionera entre 3 y 8 metros; el Ilex canariensis o acebiño, hasta 10 metros con frutos rojos en invierno; y la Erica arborea o brezo blanco, que puede alcanzar 7 metros y florece en primavera con racimos blancos que perfuman los collados.
Desde las cumbres, el PR-TF 10 desciende hacia la costa mediante laderas profundas donde la vegetación cambia radicalmente: la laurisilva cede terreno progresivamente a los matorrales de tabaibas y cardones, a las chumberas y agaves introducidos hace siglos desde América, y a los cultivos en terrazas abandonados que los habitantes de Chinamada trabajaron durante generaciones. La diferencia altitudinal de 858 metros netos en 11 kilómetros convierte este sendero en una travesía ecológica de primera magnitud: se camina desde el bosque primigenio hasta el litoral atlántico en una sola jornada de mañana.
El peligro real del sendero no reside en la orientación ni en la técnica, sino en las condiciones meteorológicas. Las crestas de Anaga reciben más de 900 mm de precipitación directa al año, a los que hay que sumar unos 900 mm adicionales de "lluvia horizontal" capturada por la vegetación a partir del alisio húmedo. El resultado es que los senderos permanecen perpetuamente húmedos: el musgo y las raíces expuestas se vuelven resbaladizos incluso en días sin lluvia aparente, y la niebla puede reducir la visibilidad a 20 o 30 metros en cuestión de minutos. Hay que llevar bastones, calzado impermeable con suela de goma de agarre amplio, y no subestimar los tramos en pendiente pronunciada sobre suelo mojado.