Qué es exactamente una marisma
La marisma ocupa una depresión litoral de muy poca pendiente, normalmente en la desembocadura de un río o en el frente de un delta, donde el terreno queda tan bajo que el mar lo cubre y lo descubre con cada ciclo de marea. No es un paisaje de roca como otros que tratamos en geología, sino un terreno vivo, hecho de limos y arcillas que el río y el oleaje depositan sin descanso. Esa mezcla diaria de agua dulce y agua salada, sumada a la inundación intermitente, genera un suelo salino y casi sin oxígeno que muy pocas plantas resisten. A cambio, la marisma figura entre los ecosistemas más productivos del planeta, capaz de alimentar a una cantidad de fauna desproporcionada para su tamaño.
Cómo la modelan las mareas: esteros, caños y vetas
El relieve interno de una marisma lo dibuja el agua al entrar y salir, y tiene su propio vocabulario, sobre todo en el suroeste atlántico. Los caños son los canales naturales por los que la marea penetra y drena la llanura; los esteros, las zonas más bajas que permanecen inundadas o encharcadas buena parte del tiempo y que en Doñana o la bahía de Cádiz se aprovecharon históricamente como salinas y criaderos de pescado. Frente a ellos, las vetas son los lomos algo más altos que apenas se inundan y donde anida buena parte de la avifauna, mientras que los paciles son rebajes ligeramente más bajos que se encharcan de forma ocasional. Los lucios son las grandes lagunas someras que el agua dulce mantiene en primavera. Este mosaico de cotas mínimas, que se mide en centímetros, es lo que explica la riqueza de hábitats en un terreno que a primera vista parece monótono y plano.
La vegetación que tolera la sal
Las plantas de la marisma son halófilas, es decir, están adaptadas a vivir con altas concentraciones de sal en el suelo. En las zonas más bajas y encharcadas dominan las salicornias, plantas carnosas que acumulan sal en sus tejidos, y los espartinales; algo más arriba aparecen los matorrales de sosa, almajo y Sarcocornia, que cambian del verde al rojizo según la estación y tiñen la marisma de tonos sorprendentes. Estas comunidades no son simple paisaje: estabilizan el sedimento, frenan la erosión y constituyen la base de la cadena trófica que después sostiene a peces, crustáceos y aves. La pérdida de esta cubierta vegetal por desecación o salinización excesiva es una de las primeras señales de que una marisma se está degradando.
Por qué son un imán para las aves
La combinación de fango rico en invertebrados, aguas someras y tranquilidad convierte a las marismas españolas en estaciones de servicio de la migración entre Europa y África. La marisma de Doñana, incluida en la Lista Ramsar en 1982 y declarada ZEPA en 1988, alberga en invierno hasta medio millón de aves acuáticas y registra más de 400 especies a lo largo del año, entre ellas el águila imperial ibérica. En el norte, las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel (6.678 hectáreas, ZEPA desde 1994) son la zona húmeda más importante para las aves del litoral cantábrico, con más de 15.000 ejemplares invernantes de más de 120 especies. El delta del Ebro, con unos 320 km² y Ramsar desde 1993, suma más de 360 especies registradas y acoge en invierno del orden de 180.000 aves.
Marisma, estuario y albufera: no son lo mismo
Conviene no confundir tres términos que se usan a la ligera. La marisma es el terreno llano e inundable, la superficie fangosa que coloniza la vegetación halófila. El estuario es el tramo final de un río donde el agua dulce se mezcla con la del mar y donde, de hecho, suelen desarrollarse las marismas; pone el nombre al sistema, no al suelo. La albufera, en cambio, es una laguna litoral de agua salobre separada del mar por un cordón o barra de arena, con comunicación restringida, como la Albufera de Valencia. Dicho de forma sencilla:
- Marisma — llanura costera fangosa que las mareas o el río inundan de forma periódica; el sustrato son limos.
- Estuario — desembocadura amplia donde se mezclan agua dulce y salada; el marco en el que crece la marisma.
- Albufera — laguna costera cerrada por una barra de arena, con agua remansada y comunicación puntual con el mar.
Protección y figuras legales
Por su fragilidad y su valor para la biodiversidad, las grandes marismas españolas acumulan capas de protección. El Convenio de Ramsar (1971), que España ratificó en 1982, las reconoce como humedales de importancia internacional; el país es uno de los que más sitios aporta a esa lista. A escala europea se integran en la Red Natura 2000 como Zonas de Especial Protección para las Aves (ZEPA) y Zonas Especiales de Conservación (ZEC), y muchas figuran además como parques nacionales o naturales. Pese a todo, organizaciones como SEO/BirdLife advierten de que una parte muy elevada de los humedales españoles de importancia internacional se encuentra en estado de conservación preocupante por la extracción de agua, la contaminación y la presión agrícola.
Precauciones para el senderista
Recorrer una marisma exige respetar dos cosas: el calendario de las mareas y la fauna. El fango de los caños y esteros puede tragar a una persona hasta inmovilizarla, por lo que conviene no salirse de las pasarelas y sendas marcadas y no fiarse de una superficie aparentemente firme. En las marismas mareales, la pleamar puede aislar bancos y caminos en cuestión de minutos: hay que consultar la tabla de mareas antes de adentrarse y dejar margen de regreso. Por último, buena parte de estos espacios tiene acceso restringido en época de cría y zonas de reserva integral donde no se puede entrar; visitarlas con guía, prismáticos y a la distancia adecuada protege a las aves y mejora, de paso, la experiencia. La marisma se disfruta mejor desde sus observatorios y sus pasarelas que pisándola sin conocimiento.