La isla de Cabrera —15,69 km², 5,53 km de longitud, 172 metros de altura máxima— es el epicentro del único parque nacional insular del Mediterráneo español, declarado el 29 de abril de 1991. Para llegar, un barco desde Colònia de Sant Jordi, a 18 kilómetros al sur de Mallorca, surca un canal de aguas de un azul que no necesita filtro. La ruta principal en la isla sube al Castillo de Cabrera, fortaleza del siglo XIV construida para proteger el puerto natural del pillaje berberisco, y desde allí se divide entre quienes se conforman con el mejor mirador del archipiélago y quienes continúan hasta el faro de N'Enciola. Cuatro kilómetros de ida y vuelta, 172 metros de desnivel, y una historia humana que ninguna otra ruta de España puede igualar: 9.000 soldados napoleónicos —franceses y polacos, supervivientes de la derrota en la batalla de Bailén— fueron abandonados aquí entre 1809 y 1814. Solo unos 3.600 regresaron vivos. El monolito conmemorativo todavía se levanta junto al puerto.
El parque nacional abarca en total 10.021 hectáreas, de las que 8.703 son marinas y solo 1.318 son terrestres. Esta proporción —casi nueve partes de mar por cada parte de tierra— no es accidental: lo que hace a Cabrera un ecosistema sin rival en el Mediterráneo occidental no es la topografía de la isla, sino lo que hay debajo del agua. Las praderas de Posidonia oceanica que alfombran los fondos de la reserva son uno de los ecosistemas marinos más amenazados del planeta y, al mismo tiempo, uno de los mejor conservados de toda la cuenca mediterránea. La Posidonia no es un alga: es una planta con flores que crece un centímetro por año, forma bancos de miles de años de antigüedad, produce el oxígeno que respiran los peces y ancla la arena de las playas. En el Mediterráneo, el 95 % de sus praderas ha desaparecido en el último siglo. Las de Cabrera siguen intactas.
El archipiélago comprende 19 islas e islotes, aunque solo Cabrera Grande tiene ocupación humana: el cuartel de la Armada Española y el pequeño museo instalado en la bodega histórica. El Ministerio de Defensa sigue siendo el propietario del territorio, gestionado conjuntamente por el Organismo Autónomo de Parques Nacionales (OAPN) y la conselleria balear competente. La declaración de 1991 fue la primera ley de parque nacional que incluyó de forma explícita un territorio marino mayoritario. En esa misma sesión parlamentaria se reconoció que la condición de parque nacional era la única herramienta disponible para frenar los proyectos de urbanización del archipiélago que circulaban desde los años 1970.
La fauna terrestre de Cabrera tiene un protagonista absoluto: la lagartija de Lilford (Podarcis lilfordi), endémica del archipiélago balear, que aquí exhibe una coloración insular peculiar —dorso negruzco o marrón oscuro, flancos azulados en los machos— producto de miles de generaciones de aislamiento. Sin depredadores terrestres (las lagartijas de Cabrera no conocen la presencia humana permanente ni la de mamíferos predadores), los ejemplares son notablemente confiados: se acercan a los visitantes en el puerto y en la terraza del bar de temporada. Es también el único lugar de España donde anida en cantidad la pardela cenicienta (Calonectris diomedea) junto al paiño europeo (Hydrobates pelagicus) y el cormorán moñudo mediterráneo (Phalacrocorax aristotelis desmarestii). En total, el archipiélago alberga más de 150 especies de aves, de las cuales unas 50 crían aquí.
La Cova Blava (Cueva Azul), en la cara sur de la isla, es el otro emblema visual del parque. Una entrada estrecha en la base del acantilado conduce a una cámara interior donde la luz solar que penetra bajo el agua se refracta y tiñe la cueva de un azul intenso —el mismo fenómeno óptico que hace famosa la Grotta Azzurra de Capri, con el mismo principio físico pero sin los barcos de turistas. Se visita solo en kayak o con la excursión en barco, no a pie. Es parte obligada de cualquier día completo en el archipiélago.